Mitos en dermatología
En esta sección de nuestra Web nos proponemos difundir información sobre algunos conceptos fuertemente arraigados en la opinion popular y que, sin lugar a duda, pueden tener una repercusión sobre la salud de la piel. Somos conscientes de que un mejor conocimiento nos lleva siempre a tomar mejores decisiones.
Doctor, yo no tomo el sol
Cuando los dermatólogos atribuimos un determinado daño cutáneo a la exposición solar crónica, nos encontramos comúnmente con esta afirmación por parte de los pacientes: “Doctor, yo no soy de tomar el sol, no me gusta la playa ni la piscina” o bien “en la playa no me tumbo a sol, lo que me gusta es pasear por ella”.
El concepto de “tomar el sol” es entendido de forma muy variable y particular de unas personas a otras. Para una mayoría de ellas “tomar el sol” supone un acto consciente y programado: si voy a la playa o a la piscina, tomo el sol; si paseo por la calle, no estoy tomando el sol. Si me tumbo sobre una hamaca o la toalla en una playa o la piscina, estoy tomando el sol; pero si paseo por la playa, no tomo el sol. Sin embargo, en todas estas situaciones el sol, actuando sobre la piel, ejerce sus efectos, aunque la persona no sea consciente de ello.
Por tanto, podemos asegurar que existe un extendido y malinterpretado concepto de lo que es "tomar el sol" ; podríamos decir que hay una evidente inconsciencia del efecto de la exposición solar cotidiana sobre nuestra piel. Está claro que una buena parte de las personas no tienen en cuenta los minutos de exposición solar de nuestra piel en el día-día. Es precisamente el sumatorio de estos minutos el que determina las alteraciones cutáneas que justificarán el fotoenvejecimiento y la propensión al cáncer cutáneo. Para confirmar este hecho basta observar y comparar, en una persona de edad media o avanzada, las zonas anatómicas habitualmente expuestas a la luz solar (dorso de las manos, la cara, pabellones auriculares, la denominada "V" del escote y las piernas de las mujeres) con las zonas habitualmente cubiertas (cara interna de brazos, muslos, abdomen y zona inferior de la espalda). En las siguientes imágenes se muestran las diferencias que existen entre las zonas habitualmente descubiertas y las habitualmente protegidas. En cada paciente, ambas zonas tienen la misma edad cronológica pero las zonas habitualmente descubiertas tienen añadido, además, el daño producido por la luz solar, por aquella que podríamos denominar "exposición solar inconsciente".
En las siguientes imágenes se muestran las diferencias que existen entre las zonas habitualmente descubiertas y las habitualmente protegidas. En cada paciente, ambas zonas tienen la misma edad cronológica pero las zonas habitualmente descubiertas tienen añadido, además, el daño producido por la luz solar, por aquella que podríamos denominar “exposición solar inconsciente”.
Doctor, me he quemado por el aire
Comúnmente oímos esta expresión para intentar explicar una quemadura tras una exposición solar de la que el paciente no es totalmente consciente. En efecto, no son pocas las personas que afirman que una quemadura cutánea sufrida es fruto del aire y no del sol. La aparente falta de sol en los días nublados o la permanencia bajo un “techado” en un ambiente de alta luminosidad (ej. bajo una sombrilla en la playa) pueden tener consecuencias nocivas para la piel. Las nubes tienen la capacidad de mitigar el efecto calorífico de los rayos infrarrojos provenientes del sol, pero no evitan la quemadura solar dado que no filtran los rayos ultravioleta B. Podríamos decir que el sistema natural de alarma que protege la piel habría sido burlado por la combinación de la aparente “ausencia de sol” y la presencia de un ambiente fresco que suele acompañar a los días nublados del verano.
En segundo lugar hay que tener presente la luz solar indirecta, aquella que llega a nuestra piel tras reflejarse en la arena, el agua, la nieve, etc. Esta luz también puede, en condiciones extremas, ser perjudicial y contribuir a la quemadura solar.
Por todo ello, podemos concluir que el aire, en sí, no quema y que la protección solar mediante ropa adecuada y cremas antisolares debe llevarse a cabo en las circunstancias citadas: días nublados y en ambiente de alta luminosidad.
Las verrugas del cuello me han salido por las cadenas
Con frecuencia escuchamos en la consulta esta afirmación. Con ella los pacientes se refieren a lo que en Dermatología conocemos con el término de ACROCORDONES y/o FIBROMAS BLANDOS. Estas lesiones cutáneas corresponden a formaciones pediculadas, blandas de color de la piel adyacente o ligeramente pigmentadas.
Aparecen en número variable en el cuello, las axilas, los párpados y/o la cara interna de los muslos en su porción más alta.
La causa de ellas es desconocida. Existe una clara predisposición genética a padecerlos, y se dan más frecuentemente en pacientes con sobrepeso y/o diabéticos. En cualquier caso, se sabe que no son de origen infeccioso, no son verrugas víricas y no tienen capacidad de contagiar a otras zonas de la piel del propio paciente ni tampoco a otras personas.
Popularmente, su existencia es atribuida al uso de gargantillas, cadenas, collares y otros ornamentos que se usan en el cuello. Esta creencia popular no podría explicar su presencia en las axilas, párpados o muslos.
Para su tratamiento no deben emplearse “productos anti-verrugas” ya que se produciría una reacción inflamatoria indeseable. Con frecuencia ésta es motivo de alarma por parte del paciente. Cuando una persona desea quitarse dichas lesiones deberá consultar con su dermatólogo quien tomará la decisión adecuada.
La verruga me sangró, por eso me han salido más
En Dermatología se denominan verrugas vulgares a las formaciones cutáneas que resultan de la infección de la piel por virus del papiloma humano (VPH). Estos virus estimulan el crecimiento epitelial formando excrecencias cutáneas papilomatosas de morfología y tamaño variable. En las plantas de los pies esta infección se manifiesta como una o varias zonas “encallecidas” cuya superficie han perdido las huellas normales de la piel.
Es una creencia popular, muy extendida, que tras el traumatismo de ellas y su consiguiente sangrado éste provocará el contagio de la piel adyacente. Esta interpretación es inexacta. El mecanismo de contagio natural de estas lesiones es por el desprendimiento de células infectadas por el VPH desde la propia verruga a la piel adyacente (similar a la lava de un volcán). Estas células infectadas pueden ser transportadas mediante las manos a otras zonas anatómicas donde los virus serán “sembrados” para formar nuevas verrugas víricas, también denominadas verrugas vulgares.
Por tanto, el contagio de las verrugas víricas es de piel a piel o de un objeto o suelo contaminado a la piel y no a través de la sangre.
